Ramón Gaya - Pinturas

Del 2 al 31 de octubre de 2008

"Gaya y las nuevas sensaciones"

 

Cada exposición de Ramón Gaya ha tenido la virtud de descubrirnos algo nuevo. Y no quiero decir que se trata de nuevos cuadros, sino de nuevas sensaciones, que sus cuadros nos inspiran. Acostumbrados a la espiritualidad que nos ha ido describiendo a través de su obra escrita y pintada, quizá no hemos percibido muy claramente un aspecto dramático que, a mi juicio, brota  con mayor intensidad, por un sentido espontáneo y lógico de las cosas, de los años de exilio. No se trata de un recurso fácil, aunque verdadero, sino de algo verdadero recubierto de una autenticidad inexcusable.
Los años de Gaya en Méjico han quedado retratados en su pintura. De hecho, los cuadros de entonces presentan otra forma de definirse, dentro de su espléndida y amplia producción. Tras contemplar una salteada colección,  puede advertirse de inmediato, al margen de la fidelidad de las fechas, qué obras surgieron en aquellos años de doloroso destierro y qué otras pertenecen a su ardorosa juventud o a la serenidad propia que la experiencia aporta a nuestras vidas. No se quiere decir que Gaya dedicara sus bríos a plasmar entonces una colección con una temática especial, referida al Méjico acogedor, o que pudiera diferir en su calidad de las obras que sus pinceles alumbraron a lo largo de otras etapas de una vida extensa y trabajada. No. Simplemente, lo que parece claro es que el pintor sí le dedicó una forma de hacer, en la que se recrea, como una ampliación del tiempo perdido. Como si los días fuesen eternos y el tiempo para dedicarse a la pintura rozara la eternidad.  
Tampoco se quiere decir que esta etapa mejicana esté limitada por cuadros entre los que pueda sobresalir de modo especial el ambiente o el paisaje inmediato, pese a que algunas obras de entonces sirven de auténtico homenaje a aquellos rincones que Gaya contempló desde tan cerca. Durante su estancia mejicana, voluntariamente interrumpida con sus saltos a Europa, a la búsqueda de novedades, en las que satisfacer su ansia de conocimiento, aparecía, junto a cuadros de una inspiración singular, la realidad de unas evocaciones velazqueñas, que tanto brillo han mantenido siempre en la trayectoria de Gaya.
De un modo u otro, aquellos años, no nos engañemos, dejaron en Gaya un doloroso estigma, que sembraron en él una sensación de alejamiento y soledad, que conservaba entre sus sentimientos, pero que no transfirió a su obra. Sentía esa sensación, pero no lo exponía, porque consideraba que su mensaje pictórico era lo único importante, lo verdaderamente trascendente en la vida de un artista como él.
De nuevo contamos con esos descubrimientos citados al principio, en la sala de exposiciones de Cuadros López. Insisto en que no se pretende decir que se trate de cuadros desconocidos. No. Lo que digo es que afluyen revitalizadas sensaciones en torno a una etapa densa, pero también sutil, gracias a unos bodegones, que mezclan la delicadez del jazmín y  de la rosa,  y a la profundidad de las evocaciones velazqueñas. Lo que digo es que no sabemos, o no podemos, reprimir toda la emoción que para los amantes de su pintura Gaya nos ha transmitido siempre. Es que la insignificancia y vulgaridad de una copa o una botella;  la familiaridad de la taza y la rutina de la fruta de cada día alcanzan la esplendidez de una obra maestra, gracias al trato que les proporcionan unos pinceles magistrales. La presunta ineficacia creativa de unos planos vacíos se convierte en un espacio lleno de armonías, de colores únicos, pero diversificados, porque se ha sabido captar la influencia luminosa del entorno. Unos mínimos pigmentos, una línea apenas esbozada, encierran todo un mensaje de aromas ramificadas. ¡Ah, qué gradaciones de verdores en reducidos espacios, junto al l escorzo de la figura o la sombra del vestido, que se descuelga como una forma oculta, capaz de dar movilidad al quieto personaje! Todo  es como una imparable sincronía, como una unificación de armonía del detalle y de fuerza del conjunto, para mostrarnos el esplendor que Ramón Gaya imprimió a su obra remota, pero, aquí y ahora, tan añoradamente cercana.

 

Pedro Soler