Pedro Flores - Montmartre como forma de sentir

Del 3 al 29 de febrero de 2012

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"Montmartre como forma de sentir"

 

Contaba el profesor Jarauta en una magnífica conferencia sobre Schönberg y Kandinsky, que este último recordando los felices años que había pasado en Munich y al oír en un café que alguien decía que “Schwabing” no era más que el barrio norte de dicha ciudad, no pudo evitar decir: “¡Falso, completamente falso. Schwabing es una forma de sentir!”. Pues bien, lo mismo podríamos decir nosotros aquí acerca de Montmartre, que para muchos de los mejores artistas del siglo XIX al XX, lejos de limitarse a ser el barrio norte de París, se convirtió en una auténtica forma de vivir. De Renoir a Van Gogh, o de Toulouse-Lautrec a Picasso, por no citar más que a algunos de los más célebres, generaciones de artistas nos han transmitido en sus obras que Montmartre también fue mucho más que un barrio parisino. Montmartre, podríamos decir, se convirtió en un auténtico “laboratorio de ideas” en el que se revolucionó la historia de la pintura. De manera que los artistas que vivían allí mismo, o frecuentaban sus calles, sus cafés y cabarets, estuvieron implicados en el nacimiento del arte moderno o, al menos, su obra formó parte del período más creativo de los diferentes movimientos artísticos que estaban surgiendo en París, sobre todo, entre 1850 y 1914. Años en los que pintores y poetas revolucionan las artes visuales en un ambiente de gran efervescencia artística e intelectual, a pesar de vivir en su mayoría en la pobreza, para dar forma a un nuevo mundo.  Pues, sin ninguna duda, del “Moulin de la Galette” de Renoir (1876) al de Picasso (1900), pasando por los de Van Gogh (1886) y Toulouse-Lautrec (1889), el mundo, y con él la pintura como su reflejo, se ha transformado radicalmente.


No es, por tanto, Montmartre tan sólo el lugar en el que residen los artistas en una época determinada, como lo había sido en el caso del romántico Géricault en 1820 o de un artista de la Escuela de Barbizon, como Corot, hacia 1830, sino que impresionistas como Renoir, Monet, Pissarro, Cézanne o Degas, con Manet como principal representante, toman la costumbre de encontrarse en el café Guerbois, de la rue des Batignolles, hoy Boulevard de Clichy, límite del barrio, entre 1850 y 1870, y es, entonces, cuando comienzan a aparecer la serie de lienzos en que se refleja tanto el Montmartre de la época como los inicios de lo que sería la revolución del arte moderno. En 1865, Édouard Manet, por no citar nada más que al primer pintor moderno, expone su “Olympia”, en el llamado “Salón de los rechazados”, y causa tal escándalo en el mundo de la cultura que se llega a decir que “Monsieur Manet no termina de pintar sus cuadros” e incluso que “no sabe pintar”. Pues sería el primero en atreverse a “dejar que se viese la pintura misma”, de tal forma que destruía completamente aquella especie de “aura” con la que los pintores habían rodeado, hasta ese momento, sus representaciones. Manet era, pues, el primero que presentaba un desnudo como si se tratara de una fotografía, sin alejarlo del espectador con el claroscuro que se había utilizado hasta Delacroix. Es más, sus obras venían a decirnos que ya no tenía sentido aquella antigua obsesión de la “mímesis”, que trataba de representar la realidad fielmente, y se negaba a delimitar las figuras que representaba mediante el dibujo, dejando, en su lugar, que se viese la pintura misma, la pincelada, en lugar del objeto (la rodilla de la Olympia ya no es más que una mancha). Es decir, por primera vez, la representación pictórica se desnuda a sí misma, afirmando que ha dejado de ser mero reflejo de la realidad para convertirse tan sólo en representación. Nacería, así, no sólo el impresionismo sino nuestro propio modo de entender el arte: no como mera “imitación” de la realidad sino como “interpretación” del mundo.


Más tarde, en 1886, llegaría a Montmartre un pintor procedente del norte, llamado Vincent Van Gogh, a partir del cual la expresión de la subjetividad del artista acentúa aún más ese proceso de “disolución” de la representación pictórica iniciado por los impresionistas. Al entrar en contacto con los artistas de Montmartre, Van Gogh modificaría su manera de pintar. Saldría de las brumas del norte para descubrir el resplandor de la luz. Pues, si tan sólo un año antes confesaba a su hermano: “por el momento, mi paleta se deshiela”. En Montmartre se liberaría, definitivamente, de los tonos fríos de su paleta, para descubrir el color que tanto influirá posteriormente en el expresionismo así como en el fauvismo. Es más, allí conocerá a Gauguin, Signac y, finalmente, a Toulouse-Lautrec, sin el que no habríamos conocido del mismo modo la serie de cafés y cabarets en los que realizaba su trabajo en los años 90, escapando como Van Gogh, a la escuela impresionista. Pero es, sobre todo, en las amarillentas tardes de Van Gogh, en sus campos al acabar el día que se despide, y en el retorcimiento de las formas de sus figuras, en donde Hofmannsthal afirmará haber visto reflejado “el dolor de Europa”, posiblemente, el dolor causado por la pérdida de las formas tradicionales de la cultura occidental. Puesto que no es tan sólo la pintura lo que se disuelve en ese final de siglo.


Pero comienza el nuevo siglo y Montmartre no ha dado aún todos sus frutos artísticos. A aquellos artistas suceden otros que continúan la revolución del arte iniciada por sus predecesores. En 1904, y tras varios viajes a París, se instala en Montmartre, en lo que será una verdadera colonia de artistas, el “Bateau-Lavoir” de la rue Ravignan, Pablo Picasso, que pasa en ese momento de su período azul al rosa. Allí pintará, poco más tarde, su “familia de saltimbanquis”, famosa, entre otras razones, por inspirar a Rilke la quinta de sus Elegías de Duino y, tres años después, daría a conocer “Las señoritas de Aviñón”, obra maestra del movimiento cubista, en la que de nuevo se rompe con la tradición –como habían hecho Manet y Van Gogh, en este caso, al abandonar los cánones de profundidad espacial y perspectiva. A Picasso se unirían otros artistas como Juan Gris o George Braque, con los que nacerá definitivamente el cubismo, pero encontraremos allí mismo también, reunidos en el famoso cabaret del “Lapin Agile”, a fauvistas como Matisse, Derain y Vlaminck, así como Van Dongen, y más tarde a Modigliani. Junto a ellos, poetas y críticos de arte como Max Jacob, Apollinaire o André Salmon, dejarían su testimonio de lo que supusieron estas vanguardias para el nacimiento del arte moderno.


De manera que no es puro capricho o casualidad que Pedro Flores, que decía conocer mejor las calles de París que las de Murcia, tomara como motivo de su representación pictórica una vista de Montmartre, a pesar de vivir lejos de allí, en otro barrio parisino que también llegaría a ser mítico en el mundo del arte por albergar a la “Escuela de París”, Montparnasse. Por el contrario, con el “Montmartre nevado” que queremos presentar hoy en Cuadros López, Flores no sólo rinde un verdadero homenaje a la transformación de las formas artísticas que se había producido en Montmartre sino que se inscribe él mismo en una de las últimas etapas de la revolución del arte moderno. Es más, podemos afirmar que si el artista murciano no llegó a vivir nunca en Montmartre sino en Montparnasse fue porque esa “forma de sentir” el mundo moderno que había nacido en Montmartre se había trasladado a Montparnasse. De hecho, los primeros artistas en frecuentar sus calles y sus cafés serían Picasso, Modigliani, Derain y Vlaminck y, con ellos, algunos de sus más fieles críticos, como Salmon, Apollinaire o Max Jacob. Pero no tardarían mucho las nuevas generaciones de artistas en ir ocupando, entre 1910 y 1930, este nuevo barrio. De modo que sus famosos cafés (La Rotonde, La Coupole, Le Select, etc.) serían los nuevos lugares de encuentro e intercambio de ideas para Chagall, Soutine, Pascin, Kisling y Foujita entre otros, a los que Warnod englobaría con el término “Escuela de París” por estar integrada por artistas de distinta índole (postcubistas, expresionistas, surrealistas, futuristas, etc.). Y, finalmente, a estos se unirían, a partir de los años veinte, artistas procedentes de España como Francisco Bores, de la Serna, Peinado, Oscar Domínguez, Clavé y Pedro Flores, que, como muchos otros, establecería allí su residencia tras la Guerra civil.

 

Pedro Carrión